Locura Solar

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Es de noche, hace calor, la música del aparatejo musical suena bajo, no se incrusta en la habitación el bullicio de día laborable. Cada minuto que pasa tengo más sueño, no sé si seré capaz de aguantar hasta ver salir el sol. Quiero quedarme para poder compararlo con su desaparición hace unas horas, cuando todavía la gente rondaba por la calle pensando en qué cenaría esta misma noche.

Un amigo me ha dicho que la puesta de sol es una de las cosas más preciosas que ha visto, pero otro, común de los dos, cree que es más espectacular y relajante la salida, el nacimiento de un nuevo día, ¡y la luz se hizo! Para uno es más precioso ver nacer, mientras que el otro prefiere ver morir, pero sabiendo que en un puñado de horas volverá a nacer para poderlo ver morir al final del día.

Hoy seré yo quien decida, la puesta ha sido bellísima; tarea dura para la salida astral si quiere mi confianza. No lo tendrá fácil, pero seré lo más imparcial que pueda, lo prometo.

Es curioso como damos y quitamos la vida de un astro del que necesitamos su existencia para vivir. El sol. Imprescindible. Voluminoso. Vida en sí. Vida.

Me pongo nervioso, pienso que me quedaré dormido justo cuando esté a punto de hacer su aparición. Me canso, se me van cerrando los ojos. ¡Tengo que aguantar! Estoy solo en el cuarto, la música sigue sonando, me acuerdo de ella. En estos momentos siempre me acuerdo de los que más quiero.

Tuve un loro cuando era pequeño. Ella sigue aquí, está conmigo, la quiero por encima de todo. Sería capaz de no ver la salida del sol por no perderla nunca jamás. También me acuerdo de un par de familiares, los quería y se fueron sin decirme adiós. No se lo perdonaré jamás, aunque fue mi culpa, llevaban tiempo diciéndome que se iban a ir.

La música está baja. El calor cede ante el fresco nocturno de la primavera. Sigo emocionado, por fin ha llegado el momento, lo voy a ver cara a cara.

Pero, y si todo fuera mentira, y si no existiera una mañana alegre, feliz, bella, merecedora de tanto sufrimiento. ¡No puede ser! Tengo dudas, empiezo a sufrir el síndrome de lo desconocido, a lo mejor no vale la pena.

Se me cierran los ojos, no distingo la música que suena, no recuerdo la emisora que puse. Ya no veo bien las fotos de la pared. Se cierran los ojos. Decido ponerme el pijama.

No vale la pena, me quedo con su marcha, con la puesta del sol.