Camino de Santiago

imgCamino a Santiago

La tercera etapa ha sido, con creces, la más dura hasta el momento. Tras salir del albergue de Pamplona (donde había un grupito de chicas de Barcelona que también le habían comprado un tomate a la china del colmado) he ido a una de las pocas oficinas de Caixa Catalunya que encontraré en el Camino y a buscar un sitio con Internet que abriese pronto.

He estado tomando fotos en diferentes lugares y me he dispuesto a salir ya que los dos cybers con Internet abrían a las 10:00 (demasiado tarde).

Me he vuelto a perder al salir de Pamplona y, con todo esto, lo que he conseguido es hacer el difícil ascenso de la Sierra del Perdón (algunos peregrinos sugieren que la llamen la Sierra del Terror) con un sol sahariano que hacía que todos los que subíamos nos fuésemos arrastrándo más cuanto más cerca estábamos de la cima.

Al llegar a la cima (tras un par de horas) la sorpresa ha sido encontrar una caravana con un pequeño botiquín y latas de refrescos para los deshidratados peregrinos (yo creía que me había dado una insolación y que veía visiones).

John, el inglés que atendía el puesto, tenía, como no, su historia:
era ejecutivo de alguna empresa importante y, de repente, a sus 40ytantos, le despidieron.

Entonces se replanteó su vida y decidió comprarse una caravana y se dedica a parar por lugares dónde sabe que su presencia será de gran ayuda por el Camino de Santiago.

Lo que más gracia me hizo fue la papelera que tenía, había puesto un letrero en inglés donde se leía: tire aquí la basura, los pensamientos obsoletos, los malos jefes, los males de amores, las exesposas malvadas...

Allí mismo también se encontraba Joana, la brasileña, recibiendo asistencia médica para sus pies (al final la ayudé a convencerse para seguir tras encontrarle el bordón -palo- en el albergue de Pamplona) y también uno de los personajes más sorprendentes que he tenido la suerte de encontrarme en el Camino: un alemán (creo) de 66 años llamado Philip. Tenía el aspecto de un náufrago y sus botas (de 3 kg) le habían dejado los pies blanquísimos contrastando exagerádamente con el moreno de sus piernas.

Me puse a hablar con él y al preguntarle cuándo había empezado a andar me dijo que el 27 de diciembre. Evidentemente yo aluciné (la verdad es que lo primero que pensé es que un señor tan mayor debía ir muy lento, aunque no tanto).

Para mayor sorpresa me explicó que había empezado a andar desde Alemania, de allí había ido a Roma y luego a Saint Jean (una etapa antes de Roncesvalles).

Yo le dije en broma que sólo le faltaba ir a Jerusalén, él me miró y, sonriendo, me dijo que ya lo había hecho. Resulta que llevaba más de 20 años andando por el mundo (sí, sí, andando) y trabajando un poco cuando se quedaba sin dinero. Un auténtico trotamundos. Impresionante.

Durante esta jornada conocí a Oriol y Natalia, una pareja de Lleida que hacen el Camino en bici y con un cocker de 3 meses llamado Sherpa (como mi mochila). A pesar de que la primera vez que nos cruzamos me saludaron con un "bye!" desde el momento en que, en una parada bajo un árbol, les oí hablar catalán, empezamos a hablar y hemos hecho 'muy buenas migas'.

Son los únicos ciclistas que van con un ritmo tranquilo (llevan un ritmo muy tranquilo, no como los demás ciclistas que parece que vayan contrarreloj). Es curioso porque ya conocen a muchos de los que vamos a pie porque van casi tan lentos como nosotros.

La bajada de la Sierra (tan dura como la subida) me llevó a detenerme un buen rato en la primera fuente que encontré. Allí había un grupo de italianos y uno se acercó para preguntarme cómo se decía en español el objeto que ambos estábamos llenando de agua.

Al decirle 'can-tim-plo-ra' el chaval se empezó a reír (por lo sonoro-rimbombante de la palabra) y fue a decírselo a sus compañeros a quienes también les hizo gracia.

Luego le pregunté cómo se decía en italiano y me dijo que borracha. Había un par más de españoles cerca y está claro que también nos reímos. Les expliqué que borracha era traducción de ubriaca y entonces nos reímos todos. ¡Que bonita es la comunicación!

A todo esto (tras un ratito perdido otra vez) llegué a Obanos. Allí, en la plaza mayor (muy medieval y encantador) había un escenario dónde se iba a realizar la última representación (tras 7 días seguidos) del "Misterio de Obanos", una especie de auto sacramental "ambientado en el Camino de Santiago".

Desde el principio del Camino había encontrado muchos carteles anunciándolo y como el pueblo era tan bonito, decidí quedarme para ver el espectáculo. El problema surgió al ver que la función empezaba a las 22:00 (hora a la que, en teoría, cerraba el único albergue del pueblo) así que decidí que esa noche dormiría al ras.

Antes, sin embargo, pasé por el albergue para que me sellaran el carnet de peregrino. Nada más entrar oí una voz conocida y me asomé al comedor: era Juanjo, el asturiano de Bruselas, y también estaban Joana, la brasileña, y una francesa que no conocía (pero que sólo habla francés y no entiende inglés ni español).

El encuentro nos hizo mucha ilusión. Es una unión entre peregrinos que no sabría bien cómo definir.

Juanjo me informó que el hospitalero nos dejaba asistir al espectáculo y luego entrar en el albergue.

Él había convencido a las dos chicas para ir a verlo (estaba realmente emocionado con el tema) y a mí no me supuso mucho sacrificio, antes de cenar y/o ducharme, hacer 20 minutos de cola y pagar los 15 ? que costaba la entrada (ya podía ser bueno bueno) que de hecho fue una suerte conseguir ya que 15 minutos más tarde se habían agotado.

El escenario era muy bonito (la mayor parte del mismo estaba formado por los propios edificios de la plaza, incluida la Iglesia). Al volver al albergue mis amigos me obsequiaron con una gran cena: un plato de lentejas calientes que sabían a gloria.

Por cierto, en la entrada del albergue (al más puro estilo Hall-of-Fame) había un par de botas (o dos amasijos de barro seco bajo los cuales decían que había unas botas) de un hombre, con auténtica FE de hierro, que al llegar a Obanos había decidido seguir descalzo el Camino.

La verdad es que casi a diario encontramos al menos un par de botas abandonadas en algún hito de los que marcan el Camino. No sé si todas serán de gente que decide seguir descalza...

Después de cenar fuimos corriendo a coger sitio para el espectáculo (había más de 800 personas de público) y lo demás fue muy especial para los cuatro únicos peregrinos que estábamos ese día entre el público.

Cautivador... antes de que empezara hablamos un poco con una señora que estaba sentada junto a nosotros y se sorprendió en sobremanera al descubrir que éramos una francesa, una brasileña, un asturiano y un catalán, que hacíamos el Camino y que no hacía ni 24 horas que nos conocíamos!!

La historia empezaba con un grupo de peregrinos modernos que llegaban a la Plaza Mayor de Obanos con todo el equipo: mochilas, vieiras, bordones... y uno iba leyendo la típica parrafada que pone sobre cada pueblo en las guías. ¡Éramos nosotros! (aún me emociono al recordarlo). Entonces aparecía el alcalde y se ofrecía a explicarles la historia más importante del pueblo: la historia de Santa Felicia y San Guillermo.

A estas alturas (apenas 3 minutos) creo que todos nosotros ya estábamos encantados con el espectáculo. Conscientes de que las casualidades del Camino nos habían llevado allí, disfrutamos como nadie (la chica francesa se marchó en el descanso porque no entedía nada. Bueno, ella dijo que estaba cansada pero aparte de eso, no se estaba enterando de nada.

El de Bruselas traducía de vez en cuando pero hablaban mucho y era difícil). Los demás aguantamos como campeones aunque estábamos agotados. Temperatura perfecta, luna llena, una historia casi hecha especialmente para nosotros... genial.

El despliegue de medios era asombroso: fuegos artificiales acordes con la voz de la narradora (asustando al público y, a la vez, maravillándonos), iluminación espectácular (incluso en algún momento se iluminaban las vidrieras de la Iglesia desde el interior), humo, caballos, efectos de humo... y unos 80 obaneses actuando.

Todo acabó a las 00:30 y nos fuimos a dormir con una sonrisa enorme a pesar de que no podíamos ni con nuestra alma.

Lo más curioso es que los otros cinco peregrinos que estaban en el albergue y no asistieron a la representación tampoco pudieron dormir porque el albergue formaba parte de una de las paredes de la plaza mayor.

Al día siguiente, pese a haber dormido apenas 5 horitas, al menos yo, salí con un nuevo acopio de energías.